Escuchar artículo

0:000:00
Listo para reproducir

“El Señor ha escuchado mi ruego; el Señor responderá a mi oración.”

Salmo 6:9, (NTV)

CUANDO LAS LÁGRIMAS SE CONVIERTEN EN ORACIÓN

David comienza este Salmo profundamente quebrantado. Reconoce su debilidad, pide misericordia y clama por sanidad “Oh Señor, no me reprendas en tu enojo ni me disciplines en tu ira. Ten compasión de mí, Señor, porque soy débil; sáname, Señor, porque mis huesos agonizan. Mi corazón está angustiado; ¿cuánto falta, oh Señor, para que me restaures?” (vv.1-3).

Su dolor es tan profundo que llega a preguntar: “¿Hasta cuándo, oh Señor?” (v.3). ¡Qué pregunta tan humana!

Hay momentos en que oramos, esperamos y pareciera que la respuesta no llega. El sufrimiento puede agotar nuestras fuerzas y entristecer profundamente nuestro corazón. David incluso describe sus noches llenas de lágrimas “Estoy agotado de tanto llorar. Toda la noche inundo mi cama con llanto; la empapo con mis lágrimas.  El dolor me nubla la vista;  tengo los ojos gastados a causa de todos mis enemigos.” (vv.6-7).

Pero hay algo extraordinario: en medio de su dolor, David no se aleja de Dios; corre hacia Él. No intenta esconder su debilidad ni aparentar fortaleza. Reconoce que necesita la misericordia y el amor inagotable del Señor “Vuelve, oh Señor, y rescátame;  por tu amor inagotable, sálvame.” (v.4).

La verdadera fe no consiste en nunca llorar, sino en saber a quién acudir cuando lloramos. Y entonces el Salmo cambia de tono. David declara con confianza que el Señor ha escuchado su llanto y responderá su oración (vv.8-9).

Aunque todavía no vemos que todas sus circunstancias hayan cambiado, su corazón comienza a descansar en la certeza de que Dios lo escucha.

Las lágrimas que derramamos delante de Dios nunca son una oración desperdiciada.



Quizás hoy estás cansado, preocupado o enfrentando una situación que parece prolongarse demasiado.

No necesitas esconder tus lágrimas delante de Dios. Puedes llegar a Su presencia con un corazón quebrantado, porque Su misericordia es más grande que tu debilidad.

Preguntémonos:

¿Estoy permitiendo que mi sufrimiento me aleje de Dios o estoy convirtiendo mi dolor en oración?

El Señor te bendiga.