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“Pues «todo el que invoque el nombre del Señor será salvo» ¿Pero cómo pueden ellos invocarlo para que los salve si no creen en él? ¿Y cómo pueden creer en él si nunca han oído de él? ¿Y cómo pueden oír de él a menos que alguien se lo diga?”

Romanos 10:13-14, (NTV)

¿Cómo creerán si nunca han oído?

Pablo comienza abriendo nuevamente su corazón: “El anhelo de mi corazón y mi oración a Dios por el pueblo de Israel es que sea salvo.”(Romanos 10:1).

Esto es muy importante. Pablo no solamente hablaba a las personas acerca de Dios. También hablaba con Dios acerca de las personas. Su preocupación por quienes estaban lejos de Cristo se transformaba en oración. Pero Pablo reconoce algo acerca de Israel: “Yo sé que ellos tienen un gran entusiasmo por Dios, pero es un fervor mal encauzado.”(v.2).

Podemos ser sinceros, religiosos e incluso muy apasionados espiritualmente y aun así no comprender el camino que Dios estableció para acercarnos a Él. El problema era que intentaban establecer su propia justicia: “Se aferran a su propio modo de hacerse justos ante Dios…” (v.3).

Y entonces Pablo declara: “Cristo ya cumplió el propósito por el cual se entregó la ley. Como resultado, todos los que creen en él son hechos justos a los ojos de Dios.”(v.4).

Otra vez aparece el corazón de Romanos: No podemos salvarnos a nosotros mismos. Nuestra justicia no se construye acumulando suficientes méritos. Nuestra esperanza está en Cristo.

La salvación está cerca Pablo continúa diciendo algo precioso: “El mensaje está muy al alcance de la mano; está en tus labios y en tu corazón.” (Romanos 10:8).

No tenemos que realizar alguna hazaña extraordinaria para encontrar a Cristo. El Evangelio ha sido anunciado. Y Pablo resume su respuesta: “Si declaras abiertamente que Jesús es el Señor y crees en tu corazón que Dios lo levantó de los muertos, serás salvo.”(v.9). Y añade: “Pues es por creer en tu corazón que eres declarado justo a los ojos de Dios y es por declarar abiertamente tu fe que eres salvo.”(v.10).

Pero Pablo inmediatamente abre todavía más la puerta. Esto no es solamente para un pueblo, una cultura o un determinado grupo de personas: “No hay diferencia entre judíos y gentiles… el mismo Señor es Señor de todos.”(v.12). Y entonces llega esta maravillosa promesa: “Todo el que invoque el nombre del Señor será salvo.”(v.13). Todo el que. Aquí no importa tu historia. Tu nacionalidad. Tu condición social. Tu pasado. Cristo está disponible para todo aquel que pone su confianza en Él. Pero alguien tiene que contarlo. Y entonces Pablo hace una cadena de preguntas extraordinaria:

“¿Cómo pueden ellos invocarlo… si no creen en él?”

“¿Y cómo pueden creer en él si nunca han oído de él?”

“¿Y cómo pueden oír de él a menos que alguien se lo diga?”

“¿Y cómo irá alguien a contarles sin ser enviado?”
(Romanos 10:14-15). Miremos el proceso:

  • Alguien es enviado.
  • Alguien anuncia.
  • Alguien escucha.
  • Alguien cree.
  • Alguien invoca al Señor. Y Dios salva.

Nosotros no podemos salvar a nadie, pero podemos contarles acerca de Aquel que sí puede salvarlos. Esto cambia nuestra manera de entender la evangelización. Nuestra responsabilidad no es obligar a una persona a creer. Tampoco ganar una discusión.

Nuestra responsabilidad es llevar el mensaje de Cristo con claridad, amor y fidelidad. Porque: “Así que la fe viene por oír, es decir, por oír la Buena Noticia acerca de Cristo.” (Romanos 10:17). Quizás alguien está esperando escuchar de Jesús precisamente a través de nosotros.

No podemos hacer que alguien crea en Jesús, pero sí podemos asegurarnos de que tenga la oportunidad de escuchar acerca de Él.



Romanos 10 nos deja dos desafíos muy sencillos para hoy:

Primero: ora por alguien. Pablo comenzó diciendo: “Mi oración a Dios… por el pueblo de Israel es que sea salvo”.

Piensa hoy en una persona concreta que todavía no conoce personalmente a Cristo. Pon su nombre delante del Señor. Pero después viene el segundo desafío: Háblale a alguien. Porque no basta solamente con decir: “Estoy orando para que las personas conozcan a Jesús.” Pablo también pregunta: “¿Cómo oirán si nadie les cuenta?” Quizás no necesitas preparar una gran predicación. Puedes contar lo que Cristo hizo por ti. Puedes compartir el Evangelio. Puedes escuchar a alguien. Puedes hacer una pregunta. Puedes enviar un mensaje. Puedes explicar sencillamente cómo conocer personalmente a Dios. Y dejar el resultado en Sus manos.

Nosotros sembramos. Dios obra en el corazón.

El Señor te bendiga.