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“Por lo tanto, es Dios quien decide tener misericordia. No depende de nuestro deseo ni de nuestro esfuerzo.”

Romanos 9:16

No depende de nuestros méritos, sino de Su misericordia

Romanos 9 comienza de una manera sorprendente. Pablo no inicia con una discusión doctrinal, sino con lágrimas. “Mi corazón está lleno de amarga tristeza e infinito dolor.” (Romanos 9:2).

¿Por qué?

Porque muchos de sus hermanos israelitas, a pesar de haber recibido enormes privilegios espirituales —los pactos, la Ley, las promesas y los patriarcas— no habían reconocido a Cristo (vv.4-5).

Pablo llega a decir que estaría dispuesto incluso a ser maldito si eso pudiera contribuir a la salvación de ellos. “Por mi pueblo, mis hermanos judíos. Yo estaría dispuesto a vivir bajo maldición para siempre—¡separado de Cristo!—si eso pudiera salvarlos.”  (v.3).

Esto nos enseña algo hermoso antes de entrar en el resto del capítulo: Las grandes verdades acerca de Dios nunca deberían volvernos fríos frente a las personas que todavía están lejos de Él.

Pablo conocía profundamente la verdad, pero también lloraba por quienes necesitaban a Cristo. ¿Fallaron entonces las promesas de Dios? Pablo anticipa una pregunta: “Ahora bien, ¿acaso Dios no cumplió su promesa a Israel?” (Romanos 9:6).

Su respuesta es no. El hecho de pertenecer físicamente al pueblo de Israel no significaba automáticamente pertenecer al pueblo de la promesa. Pablo recuerda a Abraham.

Abraham tuvo más de un hijo, pero la promesa continuó por medio de Isaac (vv.7-9). Después menciona a Jacob y Esaú (vv.10-13).

¿Y qué está mostrando?

Que la historia de la salvación nunca avanzó simplemente por descendencia, esfuerzo humano o mérito personal. Dios estaba llevando adelante Su propósito. Entonces aparece una pregunta inevitable: “¿Estamos diciendo, entonces, que Dios fue injusto?”
(v.14).

Pablo responde: “¡Claro que no!” Y recuerda lo que Dios dijo a Moisés: “Tendré misericordia de quien yo quiera y mostraré compasión con quien yo quiera.” (v.15). Aquí llegamos al corazón del capítulo: “Por lo tanto, es Dios quien decide tener misericordia. No depende de nuestro deseo ni de nuestro esfuerzo.”(v.16).

La salvación no comienza con el ser humano intentando alcanzar a Dios; comienza con Dios extendiendo Su misericordia al ser humano. Esto derriba nuestro orgullo. Nadie puede presentarse delante de Dios diciendo: “Estoy aquí porque fui mejor.”

Estamos delante de Él porque hemos recibido misericordia.

El alfarero y el barro. Pablo sabe que esto provoca preguntas difíciles acerca de la soberanía de Dios.

Por eso utiliza la imagen del alfarero: “¿Acaso un objeto creado puede decirle a su creador: ‘¿Por qué me hiciste así?’” (Romanos 9:20).

Y habla del alfarero que tiene autoridad sobre el barro “Cuando un alfarero hace vasijas de barro, ¿no tiene derecho a usar del mismo trozo de barro para hacer una vasija de adorno y otra para arrojar basura?” (v.21). La imagen nos recuerda algo que fácilmente olvidamos: Nosotros somos la creación; Él es el Creador. No significa que nunca podamos llevar nuestras preguntas delante de Dios. La Biblia está llena de personas que lo hicieron. Significa que nuestras preguntas deben conservar humildad delante de un Dios cuya sabiduría es infinitamente mayor que la nuestra.

Hay cosas que quizás no alcanzamos a comprender completamente. Pero sí conocemos Su carácter. Y Pablo destaca precisamente Su paciencia: “Dios tiene todo el derecho de mostrar su enojo y su poder, pero es muy paciente…”(v.22).

Y todo termina apuntando a Cristo. Hacia el final del capítulo Pablo explica algo sorprendente. Personas de otras naciones, que no pertenecían originalmente a Israel, alcanzaron justicia: “Fue por medio de la fe que lo lograron.”(Romanos 9:30).

Mientras que Israel buscó alcanzar justicia mediante el cumplimiento de la Ley y tropezó (vv.31-32). ¿Dónde tropezaron? En Cristo. Pablo lo llama: “La piedra que hace tropezar…” (v.33). Pero termina con una promesa maravillosa: “Todo el que confíe en él jamás será avergonzado.”(v.33).

Ahí encontramos el equilibrio precioso de Romanos 9:

  • Dios es soberano.
  • Dios muestra misericordia.
  • El ser humano no puede presumir de sus méritos.
  • Y somos llamados a poner nuestra confianza en Cristo.


Romanos 9 debería producir en nosotros dos cosas: Humildad y compasión. Humildad porque, si hoy conocemos a Cristo, no tenemos razones para sentirnos superiores a nadie. Somos personas que recibieron misericordia. Pero también compasión.

Pablo no utilizó la soberanía de Dios como excusa para despreocuparse de quienes todavía no creían.

Lloraba por ellos. Pensaba en ellos. Deseaba profundamente que fueran salvos. Quizás hoy podemos pensar en alguien que todavía está lejos de Dios.

  • Un hijo.
  • Un familiar.
  • Un amigo.
  • Un compañero.
  • En lugar de juzgarlo, oremos por él.

En lugar de sentirnos superiores, recordemos de dónde nos sacó el Señor. Y en lugar de perder la esperanza, sigamos anunciando a Cristo. Porque: “Todo el que confíe en Él jamás será avergonzado.”

El Señor te bendiga.