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“¡Soy un pobre desgraciado! ¿Quién me libertará de esta vida dominada por el pecado y la muerte? ¡Gracias a Dios! La respuesta está en Jesucristo nuestro Señor. Así que ya ven: en mi mente de verdad quiero obedecer la ley de Dios, pero a causa de mi naturaleza pecaminosa, soy esclavo del pecado.”

Romanos 7:24-25, (NTV)

Cuando quiero hacer lo correcto, pero sigo luchando

Romanos 7 comienza retomando algo que Pablo viene enseñando desde el capítulo anterior: ya no pertenecemos al antiguo régimen de la Ley.

Pablo utiliza la ilustración del matrimonio para explicar que la muerte cambia nuestra relación con la ley que anteriormente nos vinculaba “Por ejemplo, cuando una mujer se casa, la ley la une a su marido mientras él viva; pero si él muere, las leyes del matrimonio ya no se aplican a ella.” (Romanos 7:1-4).

Y entonces dice algo fundamental: “Ahora podemos servir a Dios, no según el antiguo sistema de obedecer la letra de la ley, sino mediante una nueva manera de vivir en el Espíritu.”(v.6). Pero esto podría provocar una pregunta ¿Entonces la Ley es mala? Pablo responde: “¡Claro que no!” (v.7) La Ley es buena. El problema no está en lo que Dios mandó; el problema está en el pecado que habita en el ser humano. Pablo incluso dice: “La ley es santa, y sus mandatos son santos, rectos y buenos.” (v.12). Entonces, ¿qué hace la Ley? Revela.

Por ejemplo, Pablo explica que no habría comprendido plenamente la codicia si la Ley no hubiera dicho:“No codicies.” (v.7). La Ley puede mostrarme lo que está mal, pero no puede por sí sola transformar mi corazón para hacerlo bien.

Es parecido a un examen médico: puede mostrar dónde está el problema, pero el diagnóstico no es el tratamiento.

Y aquí Pablo comienza a describir una batalla que muchos conocemos: “Quiero hacer lo que está bien, pero no lo hago. En cambio, hago lo que odio.”(Romanos 7:15)

¡Qué descripción tan real! Sé lo que debería hacer. Quiero hacerlo. Pero descubro dentro de mí otra fuerza que lucha en dirección contraria. Más adelante vuelve a decir: “Quiero hacer lo que está bien, pero no puedo.”(v.18).

Pablo no está justificando el pecado. Está demostrando la incapacidad del ser humano para vencer el pecado simplemente con conocimiento, reglas o fuerza de voluntad.

Saber lo que está bien no significa automáticamente tener el poder para hacerlo. Necesitamos algo más profundo que una regla externa: necesitamos que Dios transforme nuestro interior.

La batalla interior Pablo reconoce: “Amo la ley de Dios con todo mi corazón, pero hay otro poder dentro de mí que está en guerra con mi mente.” (Romanos 7:22-23).

Aquí encontramos algo importante para nuestra vida espiritual.

Tener una lucha no significa necesariamente que no amas a Dios. A veces precisamente existe una batalla porque ahora hay dentro de nosotros un deseo de agradarle. Antes quizás una conducta ni siquiera nos preocupaba. Ahora algo dentro de nosotros dice: “Esto no corresponde a la vida que Dios quiere para mí.” Pero Pablo descubre también que sus propias fuerzas no son suficientes. Y llega al punto de exclamar: “¡Soy un pobre desgraciado! ¿Quién me libertará…?” (v.24).

Observemos la pregunta. No dice: “¿Qué regla me falta?” Pregunta: “¿Quién me libertará?” Y la respuesta no es una técnica. No es mayor fuerza de voluntad. No es simplemente esforzarse más. La respuesta es una Persona: “¡Gracias a Dios! La respuesta está en Jesucristo nuestro Señor.” (v.25).

La victoria no comienza diciendo “yo puedo hacerlo solo”, sino reconociendo “necesito a Cristo para transformar aquello que mis propias fuerzas no pueden cambiar”.



Quizás hay algo en tu vida frente a lo cual has dicho muchas veces: “Nunca más.” Y después vuelves a luchar. Romanos 7 no nos invita a conformarnos con esa situación, pero tampoco a pensar que venceremos únicamente diciendo: “Esta vez voy a esforzarme más.” Necesitamos aprender a depender de Cristo.

Reconocer nuestra debilidad no es el final de la vida espiritual; puede convertirse en el comienzo de una dependencia mucho más profunda de Dios. Y Romanos 7 termina casi dejándonos en suspenso. Porque después de escuchar: “¿Quién me libertará?” la respuesta comenzará a desplegarse maravillosamente en Romanos 8: el Espíritu Santo.

La vida cristiana no fue diseñada para ser vivida solamente con nuestra fuerza intentando cumplir externamente lo que Dios manda. Dios quiere producir en nosotros, por Su Espíritu, aquello que nosotros no podemos producir solos.

El Señor los bendiga.