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“Pues todos hemos pecado; nadie puede alcanzar la meta gloriosa establecida por Dios. Sin embargo, en su gracia, Dios gratuitamente nos hace justos a sus ojos por medio de Cristo Jesús, quien nos liberó del castigo de nuestros pecados.”

Romanos 3:23-24, (NTV)

No por méritos, sino por gracia


Pablo viene desarrollando una verdad incómoda pero necesaria. En Romanos 1 mostró el pecado evidente de una humanidad que se alejó de Dios. En Romanos 2 confrontó a quienes podían sentirse superiores mientras juzgaban a otros. Y ahora, en Romanos 3, llega a la conclusión: “Pues todos estamos bajo el poder del pecado.” (Romanos 3:9). Todos. No algunos. No solamente quienes han cometido determinados pecados. Todos necesitamos ser salvados. Por eso Pablo reúne diferentes textos del Antiguo Testamento y declara: “No hay ni un solo justo, ni siquiera uno.” (v.10).

Y más adelante explica que la ley no puede convertirse en nuestra escalera para alcanzar a Dios: “Pues nadie llegará jamás a ser justo ante Dios por hacer lo que la ley manda. La ley sencillamente nos muestra lo pecadores que somos.” (v.20).

La ley funciona de alguna manera como un espejo. Un espejo puede mostrarme que mi rostro está sucio, pero el espejo no puede limpiarlo. De la misma manera, la ley revela nuestra condición, pero nosotros no podemos solucionar el problema del pecado simplemente esforzándonos por parecer mejores.

Y entonces llegamos a uno de los grandes giros de Romanos: “Pero ahora…” (Romanos 3:21) ¡Qué palabras tan llenas de esperanza! Nosotros no podíamos alcanzar la justicia de Dios. Pero Dios actuó. “Dios nos hace justos a sus ojos por medio de la fe en Jesucristo.” (v.22).

Aquí está el corazón del Evangelio. Todos compartimos el mismo problema: “Todos hemos pecado…”(v.23). Pero Dios ofrece gratuitamente algo que ninguno podía conseguir:“En su gracia, Dios gratuitamente nos hace justos a sus ojos por medio de Cristo Jesús.” (v.24) Eso es gracia. No significa que nuestro pecado no importe. Al contrario: nuestro pecado era tan serio que Cristo tuvo que entregar Su vida. Pablo explica que: “Dios presentó a Jesús como el sacrificio por el pecado.” (v.25).

En la cruz sucedió algo extraordinario. Dios no ignoró nuestro pecado; Cristo cargó con él. Por eso Dios puede ser: “justo y declarar justos a los pecadores cuando tienen fe en Jesús.”
(v.26). Entonces ¿qué espacio queda para presumir? Pablo responde:“¿Podemos, entonces, jactarnos de haber hecho algo para que Dios nos acepte? No…” (v.27).

No podemos decir: “Dios me aceptó porque fui suficientemente bueno.” Nuestra historia es otra: Yo no podía salvarme. Cristo vino por mí. Él pagó mi deuda. Yo recibí Su gracia por la fe.

El Evangelio no dice: “Haz suficientes méritos para llegar hasta Dios”. Dice: “Dios, en Su gracia, vino hasta nosotros por medio de Jesucristo”.

No llegamos a Dios porque nuestros méritos fueron suficientes; llegamos porque la gracia de Cristo fue suficiente para nosotros.



Romanos 3 cambia dos maneras equivocadas de vivir. Primero, elimina el orgullo. Si todo es gracia, no puedo mirar a otra persona sintiéndome espiritualmente superior. Yo también necesitaba ser rescatado. Pero también elimina la desesperanza. Quizás alguien piensa:

“He fallado demasiado.”
“Dios ya no puede recibirme.”
“Primero tengo que arreglar mi vida.”

Romanos 3 responde: Ven a Cristo.

Nuestra esperanza no está en nuestros méritos, sino en los méritos de Jesús. Hoy no tenemos que demostrarle a Dios que somos suficientemente buenos. Podemos acercarnos agradecidos diciendo: “Señor, gracias porque lo que yo nunca podía conseguir, Tú me lo ofreciste gratuitamente por medio de Cristo.” Y esa gracia que recibimos también cambia la manera en que miramos a los demás. Quien sabe que vive por gracia aprende también a extender gracia.

El Señor te bendiga.