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“Tal vez crees que puedes condenar a tales personas, pero tú eres igual de malo y no tienes ninguna excusa. Cuando dices que son perversas y deberían ser castigadas, te condenas a ti mismo, porque tú, que juzgas a otros, también practicas las mismas cosas.”

Romanos 2:1, (NTV)

Antes de mirar al otro, mira tu corazón

Romanos 1 termina con una descripción muy fuerte del pecado humano. Al llegar al capítulo 2, alguien podría pensar: “¡Qué terrible cómo viven esas personas!” Y Pablo inmediatamente responde: “Tal vez crees que puedes condenar a tales personas…” (Romanos 2:1). Es como si Pablo dijera: “Antes de apuntar hacia afuera, mira hacia adentro.”

Porque existe un peligro muy sutil en la vida espiritual: desarrollar una gran capacidad para detectar el pecado de los demás, mientras aprendemos a justificar el nuestro. Podemos ser duros con la debilidad de otro y tremendamente comprensivos con la nuestra. Pero Dios no juzga de esa manera. “Sabemos que Dios, en su justicia, castigará a todos los que hacen tales cosas.”
(v.2) Entonces Pablo hace una pregunta: “¿No te das cuenta de lo bondadoso, tolerante y paciente que es Dios contigo?”
(v.4). Y aquí aparece algo precioso. La paciencia de Dios no significa que nuestro pecado no importe. “¿Acaso eso no significa nada para ti? ¿No ves que la bondad de Dios es para guiarte a que te arrepientas y abandones tu pecado?”
(v.4).

La bondad de Dios no es permiso para continuar igual; es una oportunidad para volver a Él. Dios ha sido paciente con nosotros. Nos ha hablado. Nos ha corregido. Nos ha perdonado. Nos ha dado nuevas oportunidades. Por eso, antes de preguntarnos: “¿Qué necesita cambiar esa persona?” quizás deberíamos preguntarnos: “Señor, ¿qué necesitas cambiar en mí?”.

Más adelante Pablo dice: “Pues el simple acto de escuchar la ley no nos hace justos ante Dios. Es obedecer la ley lo que nos hace justos ante sus ojos.” (Romanos 2:13).

Aquí toca algo especialmente importante para quienes conocemos la Palabra. Escuchar no es lo mismo que obedecer. Podemos escuchar muchas prédicas. Leer capítulos completos. Conocer versículos. Enseñar a otros. Y aun así resistir aquello que Dios nos está hablando personalmente. Por eso Pablo termina llevando el asunto al lugar más profundo: el corazón. Hablando de la circuncisión, que era una señal externa de pertenencia al pueblo de Dios, dice: “La verdadera circuncisión no consiste simplemente en obedecer la letra de la ley; más bien, es un cambio en el corazón producido por el Espíritu.”(Romanos 2:29). ¡Ahí está el centro! Dios no está buscando solamente apariencias religiosas. Está produciendo transformación interior por Su Espíritu. Porque podemos parecer correctos delante de las personas mientras Dios todavía está tratando asuntos profundos dentro de nosotros.

La madurez espiritual no comienza cuando descubrimos lo que otros necesitan cambiar, sino cuando permitimos que Dios transforme nuestro propio corazón.



Hoy, en vez de pensar inmediatamente en alguien que necesita escuchar este capítulo, hagamos algo diferente. Preguntemos: “Señor, muéstrame mi corazón.”

¿Estoy juzgando en otros algo que justifico en mí?

¿Hay algo que Dios lleva tiempo hablándome y todavía no he obedecido?

¿Mi vida con Dios se ha convertido más en apariencia externa que en transformación interior?

Y cuando Dios nos muestre algo, recordemos Romanos 2:4. Él no nos confronta simplemente para acusarnos. Su bondad nos está llamando al arrepentimiento. No señalemos primero hacia afuera. Permitamos que el Espíritu Santo trabaje adentro.

El Señor te bendiga.