Escuchar artículo

0:000:00
Listo para reproducir

“Miren con cuánto amor nos ama nuestro Padre que nos llama sus hijos, ¡y eso es lo que somos! Pero la gente de este mundo no reconoce que somos hijos de Dios, porque no lo conocen a él”

1 Juan 3:1, (NTV).

Vivir como hijos de Dios

En 1 Juan 3, el apóstol Juan nos lleva a una de las verdades más hermosas de toda la carta: nuestra identidad en Cristo. Después de hablarnos de permanecer en Jesús y andar como Él anduvo, ahora nos recuerda quiénes somos realmente. “Miren cuánto nos ama nuestro Padre” v.1.

Juan no comienza hablando de nuestras obras, esfuerzos o méritos. Comienza hablando del amor de Dios. La vida cristiana nace del amor del Padre. Y ese amor produjo algo extraordinario,
nos llamó Sus hijos. No somos simplemente seguidores, simpatizantes de una doctrina o admiradores de Jesús. “Somos hijos de Dios”. Esta verdad transforma nuestra identidad, propósito y manera de vivir. Por eso Juan explica que el mundo no comprende a los creyentes, porque tampoco comprendió a Cristo.

“Aún no sabemos todo lo que seremos, pero sí sabemos que cuando Cristo regrese seremos semejantes a Él” v.2.

Qué esperanza tan poderosa. Dios no ha terminado Su obra en nosotros. Hoy seguimos siendo transformados y un día veremos a Cristo cara a cara. Pero Juan también es muy práctico. Explica que quien ha nacido de Dios no puede vivir cómodamente practicando el pecado. No porque sea perfecto, sino porque ahora tiene una nueva naturaleza. La evidencia de pertenecer a Dios comienza a verse en la forma en que vivimos. Y aquí aparece el gran tema del el amor. Juan utiliza el contraste entre Caín y Abel para mostrar la diferencia entre un corazón gobernado por el pecado y uno transformado por Dios. “Si amamos a nuestros hermanos, eso demuestra que hemos pasado de muerte a vida” v.14.

El amor no es un sentimiento solamente. Es una evidencia que Cristo vive en nosotros.“No amemos solamente de palabra; amemos de verdad y con nuestras acciones” v.18. El amor de Dios recibido debe convertirse en amor entregado.

Los hijos de Dios reflejan la naturaleza de su Padre viviendo en amor y obediencia.



La mayor evidencia de que somos hijos de Dios es que comenzamos a amar como nuestro Padre ama.

  • Recuerda cada día tu identidad como hijo de Dios.
  • Permite que el amor del Padre transforme tu manera de vivir.
  • Ama a otros no solo con palabras, sino también con acciones.
  • Vive con la esperanza que un día serás semejante a Cristo.
  • El Señor te bendiga