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“Les digo la verdad, el grano de trigo, a menos que sea sembrado en la tierra y muera, queda solo. Sin embargo, su muerte producirá muchos granos nuevos, una abundante cosecha de nuevas vidas. Los que aman su vida en este mundo la perderán. Los que no le dan importancia a su vida en este mundo la conservarán por toda la eternidad”

Juan 12:24-25

Morir para dar fruto

En Juan 12, Jesús comienza a revelar con mayor claridad el camino que estaba por venir: la cruz. Después de entrar en Jerusalén y ser recibido por las multitudes, Él declara una verdad profundamente espiritual usando la imagen de un grano de trigo.

Un grano puede quedarse guardado y permanecer solo o puede caer en tierra y morir para producir mucho fruto. Jesús estaba hablando primero de Sí mismo. Su muerte no sería una derrota, sino el camino para traer salvación y vida a muchos. La cruz parecía el final, pero en realidad sería el comienzo de una cosecha eterna.

Jesús no solo habla de Él. También está mostrando un principio para todos los que desean seguirle, no puede haber fruto sin entrega. Vivimos en una cultura que enseña a proteger siempre nuestra comodidad, orgullo y deseos personales. Cristo nos enseña algo completamente distinto, quien vive solo para sí mismo termina perdiéndose pero quien entrega su vida a Dios encuentra verdadera vida. El Reino de Dios crece cuando aprendemos a rendir nuestro corazón. Morir no significa solamente sufrimiento físico. Muchas veces significa: morir al ego, morir al orgullo, morir a nuestra voluntad dejar atrás aquello que nos aleja de Dios. Y aunque ese proceso puede doler, es ahí donde Dios comienza a producir fruto verdadero.

El grano enterrado parece desaparecer, pero en realidad está comenzando una nueva vida. Jesús sabía el dolor que enfrentaría, pero también conocía el propósito eterno detrás de la cruz. Por eso caminó en obediencia al Padre.

Juan 12 nos recuerda que seguir a Cristo no es solo admirarlo desde lejos. Es rendirle nuestra vida para que Él produzca algo eterno en nosotros.

La verdadera vida y el verdadero fruto nacen de una vida rendida a Dios.



Una vida rendida a Dios nunca queda estéril produce fruto eterno.

  • Entrega a Dios las áreas que todavía controlas.
  • Permite que Cristo transforme tu orgullo y voluntad.
  • No vivas solamente para lo temporal.
  • Recuerda que Dios puede producir fruto aun en procesos difíciles.
  • El Señor te bendiga